Plata quemada

Surgió ahí la idea de que el dinero es inocente, aunque haya sido resultado de la muerte y el crimen, no puede considerarse culpable, sino más bien neutral, un signo que sirve según el uso que cada uno le quiera dar.

Y también la idea de que la plata quemada era un ejemplo de locura asesina. Sólo los locos asesinos y bestias sin moral pueden ser tan cínicos y tan criminales como para quemar quinientos mil dólares. Ese acto (según los diarios) era peor que los crímenes que habían cometido, porque era un acto nihilista y un ejemplo de terrorismo puro.

En declaraciones a la revista Marcha, el filósofo uruguayo Washington Andrada señaló sin embargo que consideraba ese acto terrible, una especie de inocente potlatch* realizado en una sociedad que ha olvidado ese rito, un acto absoluto y gratuito en sí, un gesto de puro gasto y de puro derroche que en otras sociedades ha sido considerado un sacrificio que se ofrece a los dioses porque sólo lo más valioso merece ser sacrificado y no hay nada más valioso entre nosotros que el dinero, dijo el profesor Andrada y de inmediato fue citado por el juez.

Ricardo Piglia, Plata Quemada.

Mitos de Origen y Arte

Tarahumaras en Tuaripa (Chihuahua, México), 1891.

Los pueblos indígenas del noroeste mexicano poseen en su mitología múltiples referencias sobre la aparición de la Cultura, asociada a menudo con el nacimiento de la Música y el Arte. Dichas manifestaciones son comprendidas como sistemas religiosos cuya cualidad principal es su carácter simbólico. El surgimiento del Arte como patrón de pensamiento indica, entre otras cosas, que estos grupos, al igual que la mayoría de las culturas del planeta, concibieron la aparición de la Cultura como un hecho íntimamente ligado al fenómeno dancístico y musical.

El viejo, el venado y el coyote. Estética y cosmogonía, Miguel Olmos Aguilera (El Colegio de la Frontera Norte).

“La Historieta no es como el Cine”

¿actuamos como caballeros?

Comics are not like film. Comics take things from film, but the two cannot be interchanged. Comics became a hybrid artform. They take things from cartoons, illustration, prose, theatre, film, music, t-shirts, posters, journalism and a dozen other things. Imagine putting twenty different animals in a blender and that the resulting horror emerged somehow alive, shrieking and wearing Star Wars underpants three sizes too small. That’s comics.”

— Warren Ellis

“La Historieta no es como el Cine. La Historieta toma prestados elementos del Cine, pero ambos medios no pueden intercambiarse. La Historieta es una forma de arte híbrida. Toma elementos de la animación, la ilustración, la prosa, el teatro, el cine, la música, las playeras, los posters, el periodismo y una docena de otras cosas. Imagina meter veinte animales diferentes en una licuadora y que el horror resultante emergiera, de alguna manera, con vida y vistiendo tan solo unos calzoncillos de Star Wars tres tallas más pequeñas. Eso es la Historieta.”

— Warren Ellis

Del olvido…

Oblivium

Entré como un sonámbulo en Estambul, la ciudad en la que había nacido y crecido, tras doce años de ausencia. Dicen que a los agonizantes les llama la tierra, a mí me llamaba la muerte. Al principio creí que en la ciudad solo había muerte, luego me encontré con el amor. Pero por aquel entonces, mientras entraba en la ciudad, el amor era algo tan olvidado y lejano como mis recuerdos de ella. Doce años atrás, en Estambul, me había enamorado de mi prima, aún una niña.

Apenas cuatro años después de abandonar Estambul, mientras erraba por las infinitas estepas del país de los persas, por sus montañas nevadas y sus tristes ciudades llevando cartas y recaudando impuestos, me di cuenta de que iba olvidando lentamente el rostro de la amada niña que se había quedado atrás. Inquieto, me esforcé por recordarlo pero comprendí que el ser humano acaba por olvidar una cara que nunca ve por muy querida que le sea. En el sexto año de los que pasé en el este viajando o ejerciendo de secretario al servicio de los bajás, ya sabía que la cara que me representaba en mi imaginación no era la de mi amada en Estambul. Sé que en el octavo año volví a olvidar el rostro que había recordado de manera errónea en el sexto y que volví a recordarlo como algo por completo distinto. Así pues, cuando regresé a mi ciudad doce años después, ya con treinta y cinco cumplidos, era amargamente consciente de que hacía mucho que había olvidado la cara de mi amada.

Me Llamo Rojo – Orhan Pamuk


Demetrio durmió mal, y muy temprano se echó fuera de la casa.

“A mí me va a suceder algo”, pensó.

Era un amanecer silencioso y de discreta alegría. Un tordo piaba tímidamente en el fresno; los animales removían las basuras del rastrojo en el corral; gruñía el cerdo su somnolencia. Asomó el tinte anaranjado del sol, y la última estrellita se apagó.

Demetrio, paso a paso, iba al campamento.

Pensaba en su yunta: dos bueyes prietos, nuevecitos, de dos años de trabajo apenas, en sus dos fanegas de labor bien abonadas. La fisonomía de su joven esposa se reprodujo fielmente en su memoria: aquellas líneas dulces y de infinita mansedumbre para el marido, de indomables energías y altivez para el extraño. Pero cuando pretendió reconstruir la imagen de su hijo, fueron vanos todos sus esfuerzos; lo había olvidado.

Los de Abajo – Mariano Azuela